Memoria, justicia y verdad en la “República amorosa” por Jaime Torres Guillén

Memoria, justicia y verdad en la “República amorosa”

Jaime Torres Guillén[1]

Pensar en un referente ético y político para las actuales circunstancias de México pasa por aclarar algunos puntos sobre los que la filosofía moral contemporánea ya ha reparado. En estas circunstancias, se puede seguir el principio habermasiano de que hoy toda ética está obligada a plantear sus tesis desde un “nivel de fundamentación postmetafísico”. No se puede seguir ya el “punto de vista de Dios” porque ha fallado. Esto es, el recurso al orden de la creación y a la historia de la salvación ha fallado para frenar la violencia y el mal.

Ahora, la filosofía moral tiene que justificar el sentido de validez cognitivo de los juicios y tomas de postura morales sin estas armas. (Habermas, 1999: 37-38) Esto significa que los sujetos tendrán que armarse de voluntad de diálogo y sus razones para convencer de su contenido veritativo al interlocutor.

Por otro lado, actualmente en el terreno de la política en México, se necesitará un referente político más convincente que el puro nacionalismo para conformar las diversas formas de integración social que requiere el país. La historia de la integración étnica que dio paso al Estado nacional tiene su raíz en la movilización política de las masas. Aunque en Europa y América Latina, los procesos de esta integración fueron diferentes y en no pocos casos problemáticos, la conciencia nacional de los pueblos trató de ser condensada en los que Benedict Anderson (1993: 22-23) llamó “comunidades imaginadas” reelaboradas a partir de historias nacionales. Pero hoy la integración social tiene otra dimensión. Ya no es posible hablar de una sociedad homogénea con la cual se quiso constituir el Estado nacional. Al aumentar la multiplicidad de formas de vida, grupos éticos, confesiones religiosas e imágenes de mundo diversas, la cuestión se complica. La democracia liberal se antoja limitada para semejante empresa. Los derechos sociales y culturales aparecen como una demanda ineludible en las sociedades postradicionales. En tiempos de pluralismo y deterioro social, la integración de los sujetos requiere de otras bases políticas y éticas.

La ética del discurso de Jürgen Habermas es una propuesta filosófica de alta envergadura. Sus aportaciones a la discusión sobre lo moral en tiempos de pluralismo y violencia son sugerentes e invitan a pensar lo siguiente:

  • La cohesión social no puede mantenerse en pie sobre una sola versión del mundo y mucho menos desde el discurso religioso.
  • Es necesario pensar en una articulación de las vidas de los sujetos desde una ética pública válida para todos los participantes, sin que ello represente un atentado directo contra su moral personal o de grupo.
  • En términos normativos, las sociedades complejas sólo pueden mantenerse unidas sobre la base de la solidaridad abstracta y mediada jurídicamente entre ciudadanos.
  •  Estos ciudadanos, al ya no poder conocerse personalmente, tendrían que generar y reproducir una comunidad mediante el quebradizo proceso público de formación de la opinión y de la voluntad. (Habermas 2000: 29)

Pero esta moral procedimental debe conjugarse con otra que atienda la vida humana desde una materialidad concreta. La ética de la liberación por ejemplo, la cual se sitúa de lado de la dignidad negada de la víctima, del oprimido o excluido.[2] (Dussel, 1998: 91)

Planteo esto porque en una “República amorosa”, la democracia, el bienestar social o el progreso moral de algunos, no podrían existir si las víctimas de la historia (pueblos empobrecidos, indígenas, mujeres, niños de la calle, homosexuales, jóvenes excluidos, inmigrantes, refugiados) continuaran con su sufrimiento.

En una ética del discurso, mediada por una ética de la liberación, las víctimas serían reconocidas como “sujetos éticos, como seres humanos que no pueden reproducir o desarrollar su vida, que han sido excluidos de la participación en la discusión, que son afectados por alguna situación de muerte”. (Dussel, 1998: 299) La ética y política como filosofía, no puede renunciar a ello.

Hoy en nuestro país, estamos ante una situación de emergencia en la que parece no hay espacio para el optimismo. La violencia en México en estos últimos años merece atención de quienes cultivan la filosofía, pero también para quienes quieren hacer un gobierno de izquierda.

El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) ha dado ya el tema: justicia, memoria y verdad. Ha mostrado hasta el método: una narrativa crítica que dé a conocer el nombre de las historias de las víctimas.

La filosofía también tiene su ruta que puede complementar este método. Me refiero al pensamiento crítico de que tanto se habla en las aulas y congresos; en conferencias y auditorios.

Pues bien, esta crítica debe dirigirse al agravio que causan los verdugos. Pero para que sea honesta y eficaz, debe estar presidida por un sentimiento de vergüenza ante las víctimas como sentimiento de duelo y una política pública de “reparación jurídica y moral del daño”. Tener sólo simpatías “amorosas” por los otros sería un sentimiento muy reducido y una nula política.

Los primeros pasos de un gobierno de izquierda en México deben ser al mismo tiempo en cuanto a tópicos se refiere. Esto es, lo económico no debe opacar lo cultural; lo financiero no debe desplazar a lo ético.

En el tema que tratamos, un Estado democrático debe comenzar por la restauración del tejido social desmantelando las estrategias oficiales o criminales que consisten en aniquilar, física, jurídica y moralmente a las víctimas de la historia. Los estados autoritarios cuando destruyen la moral y el derecho de los ciudadanos, saben muy bien que con ello impiden cualquier protesta contra la violencia.

Si la filosofía desde tiempos inmemorables ha buscado la verdad, este momento por el que atraviesa México no debería ser la excepción. Los que practicamos la filosofía tendríamos que movilizar todos los recursos epistemológicos, antropológicos, éticos, políticos y jurídicos, para lograr la verdad.

El método ya está trazado: la memoria. Desde el testimonio quebrado hagamos memoria. Como bien lo ha dicho Manuel Reyes Mate, “enseña más sobre la justicia una experiencia que nos hace gritar ¡No hay derecho! que cualquier teoría especulativa”.

Con la memoria no se trata de dar a las víctimas una “muerte hermenéutica”, eso implicaría invisibilizar sus historias de sufrimiento y traicionar a nuestros muertos. De lo que se trata es de transformar el sufrimiento en narración crítica para conocer la verdad y luchar no sólo por la paz, sino por la justicia y la dignidad en todos los ámbitos de la vida humana del país.

Un gobierno de izquierda “amoroso” no podría abandonar el tema de justicia, memoria, verdad, a favor de las víctimas ocasionadas por la contrainsurgencia en Chiapas, las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez o los 60 mil muertos producto de la Guerra de Felipe Calderón. T. W. Adorno hacía mención de una idea que bien vale para nosotros y nuestro contexto: “en el mundo administrado reina una complicidad estructural que convierte en pura ilusión la pretensión de una vida individual moralmente lograda”.

En este sentido no podríamos decir que la ética cohabita con la injusticia sin problema alguno. No se podría concebir la ética sin la indignación por la injusticia. Radicalmente lo expreso al lado de Adorno: “No podría haber una vida justa en medio de lo injusto”

Definitivamente el tema para la ética y la política en una nueva etapa de México es el de la memoria, la justicia y la verdad. Revelarse contra todas las formas del olvido es a lo que invitaría el método de la narrativa crítica.

Walter Benjamin pensaba que la memoria abría expedientes que la ciencia daba por clausurados. El punto es que la memoria crítica nos hace ver el sufrimiento de la víctima como negación de la felicidad y nos impulsa a reparar el mundo que todavía es reparable. Pero lo más importante está en que mantiene viva la huella de lo irreparable y convierte el recuerdo del fracaso en la más poderosa arma contra el agravio. Es en este sentido en el que la memoria del sufrimiento saca a flote su carácter eminentemente político y su enorme capacidad de cuestionar al poder.

Aquí estaría la tarea práctica de una ética y política en la “República amorosa”. Insertarse en el diálogo que propone el MPJD, reparar el daño a las víctimas, cumplir los Acuerdos de San Andrés, recuperar cadáveres de la mina de Pasta de Conchos, castigar a los responsables del asesinato de Marisela Escobedo, hacer justicia a los familiares de las “muertas de Juárez”, sería un punto de partida concreto que una ética discursiva mediada con una de liberación haría reflexionar y actuar políticamente a un gobierno verdaderamente democrático.

Bibliografía

Anderson, Benedict

1993  Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. FCE, México.

Dussel, Enrique

1998  Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión, Trotta /Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa / Universidad Nacional Autónoma de México, Madrid.

Habermas, Jürgen

1999  La inclusión del otro. Estudios de teoría política, Paidós, Buenos Aires.

2000  Entre naturalismo y religión, Paidós, Barcelona.

Sosa Elízaga Raquel (Coord.)

2004  Sujetos, víctimas y territorios de la violencia en América Latina, Universidad de la Ciudad de México, México.


[1] Profesor del Instituto de Filosofía A. C. en Guadalajara Jalisco. Correo : torresguillen@hotmail.com

[2] El término víctima no es una abstracción, se refiere a sujetos concretos: los asesinados y desaparecidos en Guatemala entre 1960 y 1996; la contrainsurgencia y paramilitarización en Chiapas; los jóvenes excluidos en Centroamérica después de las guerras de liberación; las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. (Sosa, 2004)

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