Hacia un Estado ético republicano. Un punto de vista crítico radical. Intervención del Dr. Lucio Oliver (profesor investigador de la UNAM)

Congreso: por una República Amorosa, UNAM, 16, 17 de Marzo de 2012

 

Mesa:La construcción de una Ética Laica Republicana

 Hacia un Estado ético republicano. Un punto de vista crítico radical.

Intervención del Dr. Lucio Oliver  (profesor investigador de la UNAM).

 ¿Qué podemos entender por construcción de una ética republicana?

 

La ética refiere al interés colectivo comunitario y al proyecto de una sociedad consciente de sus necesidades, intereses, valores, normas y objetivos comunes, universales y racionales.  En Hegel la ética pública se deposita en el Estado y funciona en las mediaciones parlamentarias, políticas y de gobierno en que los individuos egoístas, universales e interdependientes de la moderna sociedad industrial y agraria participan y se hacen racionales y conscientes del interés general. Pero Hegel deposita en el Estado lo que Marx considera tiene que existir en la propia sociedad reformada, libremente asociada y guiada por el trabajo social universal. El Estado republicano es la aspiración social actual a un mundo ético, pero su realización está en la propia sociedad organizada, la sociedad autoregulada de Gramsci, Zavaleta, Sánchez Vázquez y Bolivar Echeverría.

 

     Cuando hablamos de una ética laica republicana estamos, por tanto, buscando un espacio en el Estado moderno, en el cual la solidaridad y el programa de transformación social y nacional se expresen como un proyecto de democracia participativa popular, en el que la sociedad dispute por lo público, que permita un paso adelante en la capacidad del movimiento popular para reformar política, intelectual y moralmente a la propia sociedad a la vez de cuestionar la subalternidad. Es por lo mismo un gran proyecto de transformación político social que se disputa en el Estado y se gana realmente en la sociedad.

 

     2. La ética en la historia política de México y la necesidad actual de una ética laica republicana.

 

México no ha tenido nunca una ética republicana en sus formas, aun cuando si en sus procesos políticos de lucha, locales y nacionales, en la independencia, la reforma, la revolución, el cardenismo y en estas últimas décadas de lucha.  El Estado autoritario y desarrollista del siglo XX fue ético en tanto logró que la sociedad identificara independencia política nacional, soberanía política y desarrollo capitalista con bienestar social, pero no buscó una ética republicana sino una ética depositada exclusivamente en las élites y en el proyecto del Estado, con subordinación de los mexicanos al autoritarismo, corporativismo y clientelismo del Estado. Las mediaciones políticas dominadas por el Partido de Estado (el PRI) cumplieron con el designio hegeliano: fueron espacios en los cuales el Estado se agrandó y el ciudadano se achicó.

 

     Ética laica republicana significa otra cosa: es la conquista de una ciudadanía con derechos y con organizaciones libres y activas. Y hoy significa una ciudadanía abierta a las luchas de los movimientos sociales y a la plurinacionalidad.  República significa hoy la sociedad organizada definiendo su proyecto de nación en lo público, fuera y dentro del Estado, pero en un Estado transformado que reconozca la organización ciudadana autónoma y libre, es decir en un Estado republicano popular.

 

  1. El Estado aético actual.

 

La crisis del estatismo capitalista autoritario nacional desarrollista, de finales del siglo pasado abrió paso a un Estado capitalista de competencia, neooligárquico, subordinado a la transnacionalización globalizadora. Y los gobiernos panistas de la primera década del actual milenio no lograron generar una ética ni laica ni republicana: mantuvieron las instituciones del viejo estado autoritario dominante, ahora matizadas por la noción del Estado mínimo y el mercado máximo a través de políticas privatizadoras al servicio de la valorización del capital. En términos de las relaciones políticas, mantuvieron la subordinación ciudadana al Estado (ahora con formas cívico militares) sin renovación ética, basada en la conciencia ordinaria e inmediata (Gramsci, Vargas) y en el clericalismo, a través de sus principales aparatos: la burocracia, la iglesia, el corporativismo, la videocracia y la partidocracia. 

 

     La subordinación de las instituciones del país a la oligarquía dominante y al poder cívico militar oligárquico clerical generó un proceso de putrefacción de esas mismas instituciones al ponerlas al servicio del interés particular de los gobernantes y los dueños del poder económico e incrementó la impunidad, la corrupción, el patrimonialismo de Estado y la pervivencia de un sistema financiero cínico y oligárquico abierto a la acumulación legal e ilegal.

 

     El actual Estado “fallido” mexicano es en realidad el postramiento calculado del Estado y el bloqueo a una ética republicana sobre todo en espacios locales y es la imposición de una política de fuerza en las relaciones sociales y de poder que busca legitimarse con lo que Boaventura denomina un fascismo societal y en el miedo a la violencia de Estado provocada y permitida por las élites dominantes. El fascismo societal no es ético ni republicano, es resultado de la presión, del fanatismo y de la fuerza. En términos críticos, la ética se pervierte no sólo porque existe ya expropiada y tergiversada en el Estado sino porque la sustitución de la política en las relaciones institucionales y de poder  por la fuerza oprime y excluye a la ciudadanía y permite que las riquezas del país sirvan prioritariamente a la acumulación del gran capital nacional y transnacional. 

 

4. Un nuevo Estado ético republicano orientado al bien vivir no es el regreso al pasado de dominio burocrático autoritario de México.

 

Es sabido por todos que en México vivimos hoy una situación de aparente minimización del Estado en beneficio de la maximización de los lucros del gran capital privado transnacionalizado. Además hay una grave anomia de las instituciones pues el grupo político dirigente actual no generó alternativas de reforma progresista del Estado al derrumbe de toda la estructura del viejo Estado del siglo XX (presidencialismo, autoritarismo, corporativismo,   privilegios privados empresariales, partidocracia, apoliticidad ciudadana). La falta de reformas significó que las instituciones fueran apropiadas por los nuevos poderes de la burocracia política y se abrieran a los grupos dominantes privados,  dirigentes de la industria del narcotráfico, la delincuencia organizada, la ideología conservadora de predominio de la conciencia ordinaria.

 

      De ahí que sea necesario hoy que los movimientos sociales de regeneración nacional se planteen tanto ganar las elecciones como crear un nuevo Estado “ético republicano de bien vivir” con un nuevo rumbo económico social e instituciones legítimas de gobernabilidad democrática participativa popular. Es en torno a los problemas y la complejidad de este asunto que se plantea mi participación en este importante foro de discusión. En la perspectiva de entender el papel de un nuevo Estado, reconstruido y renovado  en la lucha para transformar al país,  pues lo que se necesita es superar la experiencia de un Estado burocrático todopoderoso y autoritario como el pasado; se requiere del Estado para impulsar cambios cuyo poder esté basado en la articulación con y en el dinamismo autónomo de una nueva sociedad y de los movimientos sociales y políticos democráticos participativos.  

 

      El Estado burocrático autoritario del pasado, fue rector y motor del desarrollo capitalista de México y por ello muchos lo ven con nostalgia pues  generó un impulso a la modernizacion y al mejoramiento social del país, pero ante todo sirvió a fortalecimiento de los grandes grupos económicos nacionales y transnacionales, a un capitalismo dependiente y subordinado y, generó un poder cerrado y opresivo sobre la sociedad, con una ciudadanía formal y despolitizada a cambio de la inclusión subordinada y servicios sociales universales que sin embargo se asentaban en la superexplotación y el rentismo.

 

         5. El Estado es un campo de lucha por lo público.

 

El Estado es lo “publico”, el interés general de todos, que bajo la sociedad de mercado tiene sus limitaciones pues por las contradicciones de este tipo de sociedad y por el peso de los intereses económicamente dominantes es una ilusión de comunidad y no expresa nunca la riqueza de capacidades productivas y de intereses de la sociedad ni de los trabajadores, sin embargo, en el terreno político es el espacio legítimo de decisiones colectivas sobre lo común;  esto que es lo público no puede seguir siendo en México el exclusivo dominio de una élite burocrática sino que tiene que ser apropiado por la sociedad en movimiento, por la ciudadanía urbana, por las comunidades agrarias, por el conjunto de los elementos populares y de trabajadores que conforman a la nación.

 

      Sólo la articulación entre un nuevo Estado, una nueva política, una cultura y una ética alternativas de la sociedad en movimiento, podrá permitir la superación del deterioro institucional y a la vez lograr  el cambio profundo de México.

 

         6. La experiencia de las luchas sociales y los gobiernos progresistas de          Sudamérica.

 

La experiencia reciente de los países sudamericanos evidencia que en esa subregión se generaron procesos de recuperación de las agendas de lucha de los movimientos sociales, se puso en el gobierno a nuevas fuerzas políticas progresistas y hoy se están llevando a cabo nuevas políticas de dinamización del mercado interno, reconstrucción de la economía, reforma económica con  elevación salarial y de elevación social de los pobres. Pero ello nos advierte de un fenómeno paradójico que debemos tener en cuenta: el análisis de esos procesos de lucha democrática popular  demuestra que se puede conquistar el gobierno y hacer cambios que permitan el crecimiento económico y el consumo de masas, sin que la sociedad recupere realmente derechos y obtenga otros nuevos, vinculados a una democracia participativa con poder para impulsar una transformación política fuerte, defender al país de la actividad regresiva de las fuerzas políticas y económicas neoliberales y de los intentos golpistas de una derecha intransigente y contraria a la democracia. 

 

      Las fuerzas progresistas no pueden simplemente conquistar el gobierno y administrar el Estado con las viejas instituciones y las viejas relaciones políticas elitistas y patrimonialistas, dejando intactas las relaciones políticas actuales  de  profunda separación entre dirigentes y dirigidos, manteniendo una ciudadanía raquítica y una masa popular subalterna. Un nuevo Estado reconstruido y abierto al creciente poder popular autónomo es objetivo prioritario si se quiere que la sociedad se politice, se ciudadanice, participe, se apropie de los espacios y asuntos públicos y se convierta en la fuerza organizada decisiva impulsora de la nueva nación y del nuevo proyecto.

        

      La complejidad de una lucha por un nuevo Estado de bien vivir y al mismo tiempo por una sociedad politizada y organizada cada vez con más autonomía requiere de evitar los errores y recuperar la contribución de las distintas experiencias y perspectivas de América Latina.

 

     En América del Sur, los gobiernos progresistas han cambiado el panorama político de capitalismo salvaje neoliberal y de subordinación política al sistema de Estados centrales. En esos países hay hoy el más alto crecimiento  económico del mundo -prácticamente igual a China-, una disminución de la pobreza y una mayor soberanía para decidir sus políticas internas e internacionales, pero en las economías sigue dominando el gran capital transnacional y el poder social e ideológico de las oligarquías modernas está intacto. Analizar su experiencia sirve para darnos cuenta de los retos y dificultades que surgen en la lucha por reformar al actual Estado neoliberal de competencia, de los problemas que se generan para cambiar de rumbo y crear alternativas de nación, con una nueva ética republicana bajo nuevos Estados legitimados socialmente.

 

     Países con historia de procesos ejemplares y hoy con gobiernos activos y populares como Brasil, Argentina y Paraguay,  no han combatido la despolitización de la sociedad ni el predominio de la conciencia ordinaria e inmediata en la población (conciencia simplista, que no establece nexos analíticos críticos y que no ve en la política un lucha entre proyectos distintos) han despreciado a los movimientos sociales autónomos, dado la espalda a la organización ciudadana participativa, han mantenido la corrupción y la falta de ética de los funcionarios del Estado y han visto con pasividad incrementar la enajenación de masas al consumo mercantil capitalista. Son gobiernos de mayor regulación estatal y que impulsan el crecimiento económico interno a la vez que se muestran indiferentes y bloquean una intervención más activa y decisiva de la sociedad en los asuntos públicos.  Son un ejemplo a seguir en cuanto a la recuperación de la soberanía del Estado y de su papel rector del desarrollo pero no son un ejemplo ético político en cuanto al fortalecimiento de la sociedad civil y el impulso a una nueva concepción de lo público que genere capacidades en la sociedad y nuevas relaciones políticas institucionales guiadas por los derechos ciudadanos y comunitarios. 

 

         7. La lucha es también para reconstruir el Estado y generar nuevas relaciones político ideológicas.

 

Uno de los problemas mayores de la propuesta de un Estado ético republicano es dejar claro que es necesario luchar por reconstruir al Estado, por crear nuevas instituciones, relaciones políticas abiertas a la ciudadanía y generar una conciencia crítica y politizada. Los nuevos movimientos sociales y políticos disputan el gobierno, pero también tienen que reformarse interiormente en un sentido ético republicano para disputar ideológica y políticamente el Estado, lograr una reconstrucción democrático participativa del Estado, frente al abanico conservador de fuerzas políticas de derecha que tienen influencia en los espacios burocráticos de poder y capacidad de determinar por múltiples vías el sentido ordinario y la visión de la sociedad sobre sus objetivos de desarrollo y vida en común.  De ahí que junto a la lucha por reconstruir el Estado se hace necesario realizar también la crítica del Estado para que sea la sociedad civil la referencia central de los cambios que una nueva dirección política y el nuevo Estado deberán impulsar.

 

     Un Estado capaz de dirigir el cambio de rumbo tiene que contemplarse como Estado en su integralidad, es decir como la suma entre un nuevo gobierno con objetivos éticos republicanos y la sociedad civil organizada y ganada para el cambio.  Enfrentar los problemas de todo tipo que se han creado bajo el dominio conservador, y tener la fuerza para ello, sobre todo en un contexto internacional en crisis como el actual no es tarea exclusiva del Estado, sino sobre todo de una nueva hegemonía civil.  En ese sentido la izquierda tiene como tarea luchar por reformar a la sociedad civil mexicana acostumbrada a la pasividad, al clientelismo, al corporativismo, a la despolitización y a la subalternidad.

 

         Reformar a la sociedad civil significa contrarestar la desorganización de la sociedad que ha sido política del gobierno actual y conlleva transformar la cultura dominantemente apolítica de masas que se constituyó el siglo pasado bajo la dirección del Estado nacional autoritario desarrollista y bajo el PRI; el nuevo proyecto alternativo no puede avanzar sin  crear una nueva cultura de masas con conciencia crítica y autonomía, una conciencia colectiva crítica con densidad teórica en la sociedad que tenga claro que la ética republicana está en los trabajadores de la ciudad y del campo y en los empresarios progresistas que se sumen a este proyecto de reforma de la sociedad civil y de economía social, lo cual conlleva crear una corriente ético moral crítica y politizada que valore y critique en serio las normas jurídicas y lleve a cabo con apoyo social los procedimientos para transformarlas, para modificar las actuales relaciones sociales y abrir paso a la vida institucional sana, la pluralidad y el uso productivo de las fuentes de vida y trabajo.

 

      8.Disputar la democracia existente es también cambiar la cultura política    y la visión intelectual y moral de la sociedad.

 

Acceder a los puestos políticos de por sí no significa transformar el país. Para ello se requiere cambiar la política, la ética, la cultura y la ideología de la sociedad, es necesario por lo tanto algo más que un gran movimiento social, es preciso también una estrategia de lucha de posiciones que signifique logros crecientes en cuanto al cambio ideológico político en las instituciones, organizaciones y todos los espacios de la sociedad.

 

     Cuando se plantea la importancia del nuevo proyecto de nación se habla de que dicho proyecto convenza a las masas de ciudadanos y trabajadores y que haga parte de su experiencia, tiene que incidir en la forma en que ven el mundo, en la forma en que se comportan ante los derechos y deberes y en la crítica práctica ante los poderosos.

 

         Otra forma de ver el mundo es también otra manera de existir en el mundo, por eso una reforma política, intelectual y moral tiene que estar acompañada de una elevación del nivel de vida y del salario de los trabajadores de este país y de una nueva concepción del consumo para superar la inercia del hombre líquido (Bauman). Crear la conciencia de que junto al consumo suntuario inmediato está la inversión social en bienes públicos: salud, educación, seguridad, vivienda, empleo y que eso generará un consumo estructural distinto.

 

      9. Generar una nueva relación dirigentes dirigidos: el movimiento     popular ciudadano como nuevo intelectual colectivo.

 

         Un Estado alternativo no requiere sólo de un nuevo y mejor proyecto de nación, de mejores funcionarios, de una burocracia activa y coordinadora de los proyectos, de mejores dirigentes y políticos, requiere sobre todo de un cambio en la relación Estado sociedad, partidos masas, jefes movimientos, líderes y sociedad civil. Es decir, requiere de la conformación de un intelectual colectivo ético en la vida de las sociedades latinoamericanas. Requiere de políticas para que los ciudadanos participen y unan su experiencia a una superación de su conciencia. Y requiere de que las fuerzas dirigentes sean capaces de crear alternativas reales para los problemas y las tendencias actuales.

 

      Se necesita generar alternativas éticas, institucionales, políticas e ideológicas a la  a la ideología del Estado individualista de competencia al servicio de la valoración del capital financiero. Individualismo y eficientismo hay que combatirlo con solidaridad, fraternidad, confianza en las fuerzas colectivas, impulso a la creatividad y responsabilidad individual en beneficio y con apoyo de la comunidad.

 

     La ideología dominante tiene un sustento transnacional. Es parte de  una tendencia mundial que prohija extrema desigualdad y altísima concentración de poder de los particulares, permisivo ante los negocios ilícitos e indiferente a los efectos sociales. En México eso llevó a la estrategia del Estado actual de excepción basado en la burocracia cerrada, la nueva noción de seguridad, el control militar de las ciudades  y la desorganización de la sociedad autónoma. Conviene por lo mismo tener presente que la actual crisis de hegemonía política, deterioro institucional y estatización de la política no significa crisis de hegemonía ideológica individualista, productivista y expropiadora de los recursos naturales y sociales del proyecto depredador consumista del capital.

 

         10. La democracia como lucha de proyectos y creación de una voluntad colectiva nacional popular asentada en la sociedad y en lo público no   burocrático.

 

 A finales del siglo anterior los partidos y los grupos económicos de derecha buscaron una democracia civil pactada entre las élites, lo cual mantuvo las formas de control autoritario de la sociedad en los aparatos políticos de gobierno. El ciudadano pasivo, alienado, sujeto al clientelismo y semicorporativizado siguió siendo la base del Estado y de las relaciones políticas dominantes que hoy oprimen a la sociedad.  

 

Hoy es necesario abrir paso a una democracia de lucha de proyectos y recuperar el valor de una ética ciudadana ante el poder. Y en ese proceso lograr que la sociedad sea el eje de la disputa por la construcción democrática como lucha de fuerzas históricas y por que sea la propia sociedad la que participe en la determinación de lo público y en las decisiones del Estado.  Para ello es necesario que la propia ciudadanía reconozca y critique la estructura política autoritaria dominante y apolitizante, que se ponga en cuestión la noción de un Estado autónomo de la ciudadanía, que se creen instituciones y organizaciones éticas de la sociedad civil y que nuevas ideas críticas sean apropiadas por las masas.

 

         La experiencia latinoamericana muestra que los movimientos sociales y luchas políticas donde han habido mayores avances, como en Bolivia,  las comunidades y ciudadanos de los barrios y municipios plantearon la democracia participativa como una vía para que que provenga de la sociedad la reconstrucción de los espacios y asuntos públicos. Para lograr una nueva relación entre la sociedad y lo público, es fundamental superar la identificación de lo público exclusivamente con la burocracia del gobierno, la lucha de fondo es por que la sociedad con vida autónoma se apropie de lo público. Por ese camino el rumbo ético republicano estará tanto en el nuevo Estado como en la sociedad en lucha por superar la subalternidad y modificar las relaciones sociales dominantes. 

        

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