Ser Ciudadanos, Ser Imprescindibles

Ponente: Alejandro Acosta Valdivia*

Resumen: Ante la situación cuestionable e insostenible en la que vivimos actualmente en México, se vuelve imprescindible nuestra participación, para lo que es pertinente cuestionarnos qué tanto hemos contribuido a ella y qué tanto podemos hacer para remediarla, la respuesta es mucho. Sin embargo, para ello necesitamos de un sistema de gobierno que se disponga a marchar con nosotros y que ofrezca los medios institucionales para formalizar y dar peso a la actividad ciudadana,  medios que hasta hoy han estado ausentes.

Desarrollo del tema: Participación ciudadana y democracia directa

Ser Ciudadanos, Ser Imprescindibles

Introducción

Ante la reflexión de lo que puede llegar a ser el poderío ciudadano en las transformaciones sociales, cabe preguntar ¿qué pasa en México, si sus condiciones no están en su mejor época, que la participación y activismo de la ciudadanía pareciera que se encuentra al margen de estas condiciones?

Es de esta manera y partiendo de esta cuestión, que el tema de interés de este breve trabajo es la participación ciudadana. Se trata de realizar una sintética reflexión de lo que se llega a ganar o a perder dado el activismo que tome la ciudadanía.

Generalmente se habla mucho del término, pero poco nos paramos en seco para analizar de su importancia. Ejemplos en México de participación ciudadana tenemos, sin embargo, en este actual contexto nacional cabe preguntar dónde estamos, y qué estamos haciendo para mejorarlo.

La propuesta del trabajo es realizar un enfática puntualización sobre la importancia de la actividad ciudadana en los asuntos públicos, partiendo de que existe actualmente en este país una situación de inestabilidad social que demanda del interés y del actuar de los ciudadanos. Incentivando a la reflexión y a la autocrítica de que como ciudadanos no hemos tomado el papel protagónico que nos corresponde, por lo que hemos dejado – y que eso a su vez nos convierte en complices de la situación actual- de que sean otros actores los que tomen las decisiones; y por lo tanto, se generen contextos no al interés y a las necesidades nuestras.

Dados esos contextos con aires desfavorables para nosotros y para la nación, es por lo que se vuelve vigente, y sobre todo pertinente, demandar una y otra vez espacios para nuestra participación.

Se trata de incentivar el debate y a la reflexión de nuestro gran papel ciudadano.

Desarrollo

“El contrapeso efectivo a las debilidades y vicios de la representatividad política es la democracia participativa” (Bartra et.al.;2011:69)

El Estado mexicano actual vive una de sus más agudas crisis debido a diversos aspectos, entre ellos, la falta de ética y responsabilidad pública de los tomadores de decisiones. ¿Qué hacer ante ello? – Luchar por nuestros espacios.

De esa manera comienza la redacción de este trabajo, precisando desde un inicio el énfasis en cuestión y de interés: el poderío de la participación ciudadana. Con una sola frase o en síntesis de una idea, podemos concretar la importancia de un hecho o de un fenómeno; la frase expuesta al inicio de la redacción de este trabajo, pretende expresar de manera enfática que la actividad ciudadana, en términos más teóricos democracia participativa, es inadmisible en la construcción del sistema social, político y económico.

Sin embargo, se necesita ahondar más en la imprescindibilidad de este hecho y ante todo, en estas circunstancias de nuestro contexto nacional, insistir en éste nuestro imperativo ciudadano: atender y entender de los asuntos públicos. No existe otro sujeto o algún ente nato o divino encomendado de la preocupación y ocupación social, que el propio ciudadano.

En la generalidad de la historia nacional mexicana, los tradicionalmente encargados de los asuntos públicos han sido hasta hoy los grupos élite; es decir, los que en determinados contextos sociales de las diferentes épocas de la historia mexicana, han ocupado los estatus de poder, solo hay que echar un vistazo en botepronto: en la época nativa: los tlatoanis y sacerdocios; en la época colonial: la corona española y peninsulares; en la época virreinal: los criollos; en la época independiente: los liberales o los conservadores; en la época revolucionaria: los caudillos o constitucionalistas; en la época contemporánea: la burocracia o el partido hegemónico; en la época moderna: el capital o los poderes fácticos; pero nunca hasta ahora, la sociedad en su conjunto. No se trata de que sea la sociedad en masa la que llegue y delibere sobre todo asunto público, se trata de que todas las
voces sean representadas y tengan; además los espacios para que de cuenta propia la misma sociedad, sin necesidad de representantes legales, generen sus procesos ciudadanos.

La representatividad política indiscutiblemente alberga su función y por supuesto su todavía aplicación, a través de ella se otorga la encomienda de organizar el desarrollo de la sociedad como las aspiraciones de ésta “el pueblo ejerce su soberanía instituyendo, no gobernando ni haciendo leyes (legislando) y, menos, decidiendo el derecho de cada cual (juzgando)… La Constitución, no es un conjunto de normas, es de instituciones..” (Barta;2011:67). Y para ello, se hace valer de estas instituciones como ejecutoras de los preceptos ciudadanos; sin embargo, aún y con esta encomienda ciudadana o delegación de poder de ciudadano a representante, no deja de ser vigente y demandante de que sean los mismos ciudadanos quienes mantengan espacios sólidos de participación y de empoderamiento, que les permita la mejora de sus instituciones legales. Esto es, como ciudadanos, un no confiar del todo, es estar al tanto y con las respectivas reservas de lo que hagan o dejen de hacer los encargados de nuestras instituciones.

Y ¿para qué fin luchar por nuestros espacios, para qué fin atender y entender de los asuntos públicos, para qué objetivo organizarnos como sociedad y hacer nuestro o nuestra la calle, el medio de comunicación, el aula de clase, el contexto familiar o laboral?; sin más fin que el de hablar de lo que nos compete a todos: la res pública como la llamaban los romanos y sobre todo, como decían los griegos, con el fin de no ser calificados gramaticalmente como unos idiotas, atendiendo al concepto griego de idiota, a todo aquél no interesado del asunto público.

La participación ciudadana, esa donde se escuchan y perciben las voces de todos los sectores sociales inhibe las hegemonías políticas, sociales y hasta económicas. Hegemonías que imponen determinados patrones de formas de vida que no permiten la expresión genuina y espontánea de las demás. Las hegemonías sociales, de ningún tipo, son coherentes a la naturaleza humana “..humanidad y diversidad parecen ir de la mano, y no hay avisos de que ello vaya a cambiar esencialmente en el horizonte..” (Barta;2011:43). Por ello es que se vuelve aún más justificable la insistencia de incentivar a la actividad ciudadana, a la democracia participativa, para impedir las imposiciones y sobre todo las desigualdades.

La participación ciudadana únicamente encuentra su espacio y contexto de actuación en un ambiente plenamente democrático, la democracia no es la imposición de las mayorías; sino es el sistema que garantiza la expresión de todas las aspiraciones con la finalidad del ideal equilibrio. “Un gobierno democrático dialoga, hace acuerdos y respeta todas las expresiones ideológicas, políticas y culturales…asegura el ejercicio de la crítica, la expresión y el derecho a disentir.” (Barta;2011:62). La defensa de la participación ciudadana va de la mano inseparablemente de la defensa enérgica de la democracia.

Ahondando en el caso mexicano, y enfatizando en lo que al inicio de esta redacción se mencionó, la crisis del Estado mexicano es en buena parte por la falta de ética pública de sus tomadores de decisiones, es también a la vez por la anuencia del ciudadano de dejar que todo lo público sea administrado o manejado por su representante; pero también y sobre todo, por estar instaurados en un sistema económico, político y social esencialmente corrupto: el neoliberalismo.

Ante una falta de participación ciudadana, ante una manoteada democracia, ante una desafección política del ciudadano, el sistema neoliberal encuentra el terreno fértil para su consolidación; claro está que el sistema per se construye a la vez ese terreno fomentando en la ciudadanía que el participar no tiene un gran impacto como así le adjudicamos los creyentes de la democracia directa, inyectando pesimismo en las conciencias ciudadanas; fomentando con sus medios de comunicación que la clase política está en decadencia, y por lo tanto el Estado mismo, por lo que otros agentes, específicamente los económicos y no los ciudadanos, son los que deberán entrar en acción para corregir el rumbo: el capital por si mismo generará el desarrollo, dirá el sistema. Las políticas neoliberales “..se caracterizan por ser: autoritarias, centralistas, clasistas, corruptas, polarizantes de la sociedad, degradantes de la vida social..” (Barta;2011:64-65).

Este sistema social, en donde el valor del capital es supremo, tiene sus intentos de instaurarse en México desde 1982 con la administración del presidente Miguel de la Madrid, encontrando y logrando su consolidación como sistema y forma de vida con el paso de los años, hasta hoy vigente en nuestra actualidad. En su generalidad, las existentes organizaciones sociales luchan en común, con sus respectivas causas y demandas, por las inclementes consecuencias de un sistema individualista, demandando al Estado que corrija su rumbo y su compromiso ante la ciudadanía. El
Estado mexicano hasta hoy ha otorgado poca confianza en su crecimiento interno, en la preparación y potencialización de sus ciudadanos y de sus recursos naturales, y ha optado por que sean otros agentes, sobre todo exteriores los que dicten el desarrollo de este país. “El entreguismo a los intereses económicos y financieros del exterior, la perdida de rumbo en nuestro trato con las potencias del mundo y el abandono de la población en su educación y promoción de la ciencia y artes, nos han convertido en una nación postrada” (Barta;2011:74-75).

Es el momento en que ante ello, todos los ciudadanos conscientes de la grandeza de nuestra historia antigua, de la grandeza de nuestras tradiciones y valores ancestrales y característicos en esta población: solidaria, fraterna, respetuosa a la tierra, trabajadora, alegre, afable hacia la familia, picaresca e ingeniosa; conscientes de lo rico que es esta nación en naturaleza; luche y participe por retomar la grandeza de este país y otorgarnos el merito debido de lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser, una deuda a saldar con México y nosotros.

Ante ello y por eso la importancia del activismo ciudadano, para lo que los creyentes en ello, desde nuestras diversas trincheras y roles ciudadanos debemos seguir demandando e “..impulsando el poder ciudadano mediante la organización a diferentes escalas: hogares, comunidades, barrios, municipios, regiones..” (Barta;2011:52). Dado lo anterior, el espacio primerizo al que procurar y al que cambiar: la familia. Desde ésta micro célula social comienza la participación ciudadana, la familia no desde el concepto moral y hegemónico que de ella se tiene
actualmente; sino vista como el primer espacio que posee todo ser humano para desenvolverse y crecer. Hacer cada vez más conscientes de los que somos al que tenemos a lado.

Construir espacios que sean nuestros, verdaderos centros de manifestación de nuestras ideas e inquietudes, independientes y genuinos, un frente ciudadano ante los avasallantes proyectos hegemónicos que no consultan, que no preguntan.

”Espacio con acceso universal, sin la imposición de requisitos de solvencia económica, de formación académica, de condición de género, de idioma o edad, de preferencia sexual, moral o política.. un mundo donde quepan todos.” (Barta;2011:55).

Y esa participación o construcción de nuestros propios espacios se traduce en la construcción del poderío social indudablemente; no entendida como un tipo de anarquismo, sino entendida en la ciudadanización de nuestras instituciones constitucionales, entendida en que debemos demandar que el Estado acate con cabalidad su artículo 25° Constitucional que le dicta ser el rector principal del desarrollo nacional, no otro ente, no otro país, o no un poder económico; sino el Estado mexicano, como encomendando por la ciudadanía ante esta responsabilidad de dirigir. “Es obligación del Estado proporcionar a los individuos, comunidades o colectivos, los instrumentos, los saberes, las competencia y habilidades requeridas” (Barta;2011:p. 55).

Ante este objetivo de ciudadanizar el espacio público, las instituciones y el mejorar nuestra clase política, se nos presenta la oportunidad de cambiarlo e iniciar un proceso diferente con nuestra constante participación. Este 2012 es año de simbolismos de cambios, puede ser gran alegoría para hacerlo realidad.

Conclusión

Estamos en la coyuntura histórica de repensar qué es lo que queremos en los próximos años de la vida pública de este país. Considero que todo ciudadano consciente de su entorno, de la realidad de la nación, tendrá los suficientes argumentos para concluir que la situación actual en la que vivimos no es la mejor, y cualquiera que afirme lo contrario armará argumentos demasiados exhaustivos y perfectamente estructurados, para que lograse convencer de su percepción.

Ante ello, los convencidos de que el sistema económico, social y político tiene que cambiar y renovarse debido a que no está logrando cumplir con el precepto de la democracia —que es el mejoramiento constante de la vida cultural, económica y social del ciudadano—, nos vemos en la insistencia de promover que no vendrá cambio alguno si no viene éste de la sociedad civil, ya hemos sido testigos en la historia que los cambios han sido logrado por ciertas élites, y por lo tanto para la protección de sus intereses, para que todas las voces tengan cabida se necesita invariablemente del activismo y participación de la ciudadanía.

Se necesita de una autocrítica como ciudadanos sobre lo que hemos hecho y dejado de hacer, sobre nuestra contribución de esta crisis actual por nuestras omisiones, con la finalidad de otorgarnos un golpe en seco y poder recapacitar de nuestra responsabilidad.

Invariablemente y afortunadamente se han acrecentado las expresiones, los movimientos, los sectores y los actores en torno a este objetivo: el buscar y demandar ya el protagonismo ciudadano; sin embargo, necesitamos de un aliado:  nuestras Instituciones. Necesitamos una plataforma de gobierno que marche junto con nosotros y otorgue los espacios legales y formales para que una expresión ciudadana no solo termine en una marcha o en una manta, si no que pueda tener el peso formal de llevar su inquietud, su solicitud, su propuesta a espacios legales
donde verdaderamente pueda ser escuchada y tomada en cuenta.

Ante esa aspiración, reitero, se nos presenta la coyuntura histórica de decidir con que proyecto de gobierno nos queremos hacer acompañar los próximos seis años.

REFERENCIAS

BARTRA; Armando, BELTRÁN; José Eduardo, CÁRDENAS; Jaime, CONCHEIRO; Luciano, Et al (2011). Nuevo Proyecto de Nación. Por el renacimiento de México. México, Grijalbo.

* Estudiante en Administración Púbica (Décimo Semestre)

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