La cotidianidad subjetiva

Ponente: José Pedro López Romero

A modo de introducción

Al tratar de hilar ideas y redactarlas en términos, lúcidos por supuesto, de frases y oraciones; pensé qué sucedería si en lugar de iniciar, como es costumbre en la lógica de los discursos, con un preámbulo, introducción, etc. y finalizar con una conclusión, más bien empezar con ésta última.

Esdecir empezar por la culminación de la presentación de la idea, porque, al final de cuentas, es justo ahí donde se encuentra el clímax del sentimiento provocado por el lento pero apasionado avance de la redacción del pensamiento. Porque todas mis reflexiones, generadas por lecturas de conocimientos y experiencias ajenas y propias, de los varios, y no pocos años que he vivido; han llegado a ser sólo eso: sentimientos. Porque siempre existe la posibilidad de actuar después de conocer y reflexionar, cada vez que se recorre el ciclo; pero llega el momento, apenas reconocible, en que se vuelve necesario actuar más, para después reflexionar más y entonces, sólo entonces, conocer más. Reflexionar actuando, sentir actuando, porque se reflexiona y se actúa más cuando se siente; el sentimiento es el motor de la acción. Porque el sentimiento es más profundo, más real y más útil cuando se lleva a la acción; tal como la mayoría de los aquí presentes que han llevado su reflexión a la cúspide de la pasión de lo que sienten que es justo social y moralmente ineludible y practicable. Pero, el iniciar de manera sorpresiva e ilógica, con el final y no con el principio, sólo significaría querer terminar lo más rápido posible mi participación en este Congreso; por el silente pánico que he estado sintiendo, dada la expectativa, de dirigirme a un público tan vasto como políticamente preparado, militante apasionado y decidido, así como inteligente e intelectualmente ejercitado, pues es la primera vez que me enfrento a una situación como esta; debo decirlo mejor y más claro, a un público de estas dimensiones; no sólo por la cantidad sino por su calidad.

El esbozo de la premisa

¿Es la instauración de una República Amorosa una propuesta ingenua? o, más aún, ¿es viable, es deseable, es una expectativa, un anhelo de los mexicanos o de toda persona donde quiera que se encuentre o resida? Ahora bien este probable anhelo es ¿De todos los mexicano o sólo de algunos? ¿O debemos buscar su fundación todos aquellos que lo sentimos necesario, sin importar cuántos lo queramos o se adhieran a ello?

Soy un firme convencido de que es del todo posible la creación de una República amorosa. Mas ¿Qué debemos entender por tal concepto? ¿Cómo podría expresarse su significado y por qué todos deberíamos pensar y creer que debe existir tal república?

Para la percepción general de las personas quizá las estrategias y el planteamiento de los elementos que se propone se consideren en esta disertación, sean tan ingenuas como la viabilidad de tal República. Sin embargo, las instituciones sociales como la familia y las organizaciones de diversa índole, así como las instituciones públicas y jurídicas, deben ser el apoyo que impulsen las acciones y estimulen la conciencia individual y colectiva para el logro de tal fin. La composición de tales entidades y su momento no deben permitir que los prejuicios impidan la libre expresión y participación en el diseño de proyectos que generen todo un cúmulo de opciones que lleven a la mejor y deseada convivencia armónica que todos anhelamos; sin importar el sin fin de particularidades producidas por las experiencias y desvanecer la espesa niebla que se ha creado por los protagonistas, agonistas y antagonistas, víctimas y victimarios. Edifiquemos el único México deseable: el del progreso, la justicia y la libertad.

El concepto sobre el tema y su, introspectiva, construcción.

Sé que hay personas, profesionales de la escritura y del lenguaje, que ningún trabajo encuentran para expresar cualquier asunto o tema que aborden. No es mi caso, menos aún si se trata de dilucidar expresiones que se manifiestan con actitudes y sentimientos, porque aun cuando el concepto de República amorosa, vaya a desembocar en resultados prácticos, tangibles y medibles; en lo personal asevero que derivarán de acciones de conciencia. Por lo que diré una especie de frase o máxima: las palabras no son siempre suficientes o especialmente adecuadas, cuando se trata de explicar porqué las personas hacen lo que saben que deben hacer que es correcto.

Mi conciencia soy yo. Debo decir que aparte de los valores con los que fui educado en el seno de mi familia, especialmente por mi madre; la formación inicial de mi ser consciente particularmente en relación con los otros y todo lo que me rodea, proviene de una buena cantidad de lecturas que he realizado desde mi precoz reflexividad en mi temprana infancia. Si bien de gran parte de esas lecturas he olvidado su referencia y su referente, pero poco a poco cada autor, cada opinión, cada enfoque, fueron conformando el alcance y confirmación de la valoración de mi entorno; en especial hacia mis congéneres.

Muchas de las enseñanzas maternas, a través de las palabras y acciones sugeridas, connotaban situaciones de respeto y consideración que por sí mismas incitaban a una buena convivencia. La respuesta invariable era siempre una sonrisa y un agradecimiento por la cortesía ofrecida.
Probablemente, y sobre todo en estos tiempos, muchas personas hallamos leído, escuchado o visto imágenes, en forma de historias, sobre lugares y personas que llevan a cabo actos de ayuda a otros que se ven necesitados bajo condiciones adversas; expresar palabras de ánimo
debido a situaciones que provocan tristeza o angustia, y ¿cuántos de nosotros mismos nos hemos visto en la ocasión de realizar tales actos? Quizá la mayoría de ellos con personas cercanas a nosotros, aun cuando no todas ellas sean familiares o amigos; vecinos, compañeros de trabajo o
conocidos de conocidos, aun desconocidos a causa de su estado físico deteriorado, por la edad, por el descuido, por la enfermedad; si hemos podido hacer eso de seguro lo podemos hacer no sólo en el sentido de la posibilidad y la capacidad, sino más aun en el aspecto de la disposición; es
decir siento que debo hacerlo, tengo que hacerlo porque si bien también podemos ignorarlo, nuestra tendencia, aparte del egoísmo, la crítica y otras negatividades, es inevitablemente hacerlo.

Ahora bien, ya descubrimos que podemos, queremos, debemos y tenemos que hacerlo; no es un forzamiento es un acto de identificación, de reconocerme en el otro, saberme como el otro; entonces hagámoslo: saludemos, sonriamos, ayudemos, reconozcamos a todos los otros que no soy yo pero que puedo llegar a tener la situación de aquel. Y aquí hay un punto crucial: que si hago, hacemos, tales simplezas, no sólo no yo sino que ninguna persona llegará al límite de solicitar o aceptar el favor ajeno en cualquier situación crítica vital o no. Excepciones hechas en casos de desastres colectivos cuando la ayuda está marcada por la urgencia más que por la falta de recursos.

¿Parece dramático al punto de la lágrima o de lo ridículo o cursi? ¿exagerado sentimentalismo o heroísmo surrealista? Sí, porque no es algo que tengamos por común; no porque en la justificación de las condiciones, son situaciones reales. Podemos negarnos a aceptar que así ha sido, pero las hemos vivido.

Y ya estamos aquí. Lo anteriormente expuesto es lo que básicamente practicamos la mayoría de las personas, excepciones hechas de los desquiciados sociales o de personas con excesivas limitaciones individuales hacia la comunidad social. La pregunta ¿es razonablemente aceptable aplicar esta práctica a los ámbitos, aparentemente menos motivadores, de la política, la justicia social, la administración de recursos públicos y la representación social derivada de actos de elección y otros actos del derecho social y la solidaridad humana, así como del cuidado del entorno natural?

Quizá la óptica y la opinión general sea que es algo imposible y socialmente impracticable; probablemente algo común en las organizaciones religiosas, con sus asociadas particularidades y no pocas exenciones de la cotidiana práctica humana; pero nada que ver con las condicionantes de extrema competencia individual, organizacional-empresarial, gubernamental y de amplia controversia moral y de indefiniciones y contrapuestas prácticas de carácter legal.

Pues bien, la experiencia evidencia que las relaciones armónicas en nuestra sociedad actual, son mínimas y en la mayoría de los casos inexistentes o bien no existe disposición o intencionalidad, individual y colectivamente hablando, para practicarlas al menos no al grado en el que el valor amor sea precisamente el elemento alcanzable.

Pero vayamos entonces a situaciones en las que podríamos avanzar hacia eso que podríamos llamar República Amorosa; si bien existe una serie de acciones y actitudes de las personas que aun cuando no podrían calificarse de actos amorosos, diríamos que en parte son una especie de manifestación; aun cuando quizá el darle el calificativo amoroso pudiera implicar sólo la resistencia general a dejarse llevar por sentimentalismos y superficialidades que son ahora poco aceptables y más allá de un romanticismo que es más bien parte de un pasado ajeno al ambiente de los valores humanos actuales.

Si esto es intrincado e incomprensible para quienes lo escuchan o lo leen, no lo es menos para mí que trato de explicármelo antes a mí que intentar diafanizarlo o hacerlo significativo para otros.

Dejemos el romanticismo en el fondo de nuestras consideraciones íntimas y veamos si podemos o estamos dispuestos a intentar un indicio de nuestro camino hacia la República Amorosa.

¡Qué tal si empezamos por saludar a nuestros vecinos, y no sólo a los que tenemos en nuestra calle o edificio, sino en todos nuestros encuentros: en el coche, el transporte y la calle; al recolector de la basura, del carrito o el camión; a nuestros compañeros de trabajo, no sólo a los de nuestra oficina o empresa, también a los de otras empresas en el mismo edificio; al vigilante; a los oficiales de policía y tránsito; a las personas mayores; a los discapacitados; a los niños; a los padres de otros niños compañeros de escuela de nuestros hijos; y, ¿por qué no? A esas personas que parecen extraviadas del mundo real, a quienes en general despreciamos por su aspecto sucio y desaliñado o bien los ignoramos, así como a todos los pedigüeños, aunque no les demos ninguna moneda o ayuda alguna.

Perdón sin en algunos casos no hago distinción gramatical entre géneros o no utilizo algunos términos actualizados de personas con limitaciones físicas; no es olvido, ni negligencia ni menosprecio, es sólo que mi intención sincera es referirme a la persona en sí, antes que sus cualidades específicas. Es mi convicción que tales diferencias no son tan importantes como el reconocimiento del ser humano en sí mismo.

Más aun, constantemente estamos inconformes con demasiadas personas y situaciones: el gobierno, los diputados, la policía en general, los comerciantes, los precios de los artículos, los vecinos con sus mascotas, el servicio médico, la recolección de basura, el jefe del trabajo, algunos de mis compañeros de trabajo, mi equipo favorito de futbol, la selección nacional, los partidos, las marchas, el precio de la gasolina, las coladeras sin tapas, el servicio de transporte público, el descuido y deterioro de nuestros inmuebles, calles e instalaciones de todos los lugares de convivencia, etc., etc. y miles etcéteras.

¿Seguiremos siendo las mismas personas, con la misma alternancia en el gobierno, con el retorno de un gobierno ya conocido o con una nueva alternancia? Cambios en la situaciones, las condiciones, los tiempos y las reconsideraciones en los valores sociales, laborales y cualesquiera otros, requieren cambios en la actitud de las personas. Mejores personas, con un mejor sentido de compromiso de conciencia hacia sí mismo y hacia los otros, generará, sin duda, mejores representantes sociales; mejores condiciones con mejores oportunidades para todos; todo ello sin que en lo individual se dé pérdida alguna en cuanto a la satisfacción de todo tipo de necesidades.

Respetemos las normas de tránsito, tiremos la basura en lugares dispuestos para ello, respetemos los lugares de circulación de personas con dificultades físicas, temporales o permanentes, cuidemos nuestro entorno vecinal, cooperemos con nuestros gobiernos, hagamos uso constante de nuestros derechos ciudadanos y de personas, respetémonos todos y respetemos todo lo que a corto y largo plazo sirva de provecho y seguridad para nuestra supervivencia.

¿Necesitamos honestidad, eliminar la corrupción, ser más productivos, eliminar el ocio, la vagancia y la delincuencia? Quizá entonces necesitemos recrear la armonía y los valores humanos desde el núcleo básico de la sociedad: la familia; y así poder afirmar la identidad de la persona y su reconocimiento hacia los demás.

Se pueden convocar miles de congresos, y debemos hacerlo, y podrían escribirse miles de discursos y libros con el tema de la solidaridad social humana, y seguramente se hará; pero lo que no podemos, no debemos es ignorar que si alguien tiene problemas por la negligencia, maldad o perversidad de otros no se podrá evitar el momento en que todos seremos víctimas o victimarios y entonces pensar que se pudo haber evitado con la sensación de impotencia e imposibilidad de ya no puede haber marcha atrás.

Probablemente existan todas las palabras y las palabras ideales para expresar todo lo que pensamos y queremos expresar, pero expresarlo requiere no sólo recursos lingüísticos y espacio, sino tiempo, mucho tiempo de práctica y experiencia para saber que podemos lograr todo lo que humanamente deseamos y podemos disfrutar sin daño propio ni causarlo a otros.

Más que una República Amorosa quizá, y más seguramente, mejor sería instaurar una República Justa, una República Equitativa, una República Solidaria, una República Educada e Instruida, una República Honesta y, en el colmo de la sublimidad social humana, una República Democrática; porque en el fondo de la conciencia individual y colectiva, en el anhelo máximo de una vida pacífica y disfrutable, lo lógicamente aceptable y llanamente indiscutible para una organización social creativa sobre la base única del valor de la libertad es construir una República de Todos; y entonces realmente se podrá vivir en esa República Amorosa.

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