A MOR EN ACCIÓN: ¿Antropocentrismo o biocentrismo? – Derechos de la Madre Tierra – Cultura de Paz planetaria

Ponente: Alberto Ruz Buenfil

Eje temático: Seres Humanos, Seres vivos y la naturaleza. Territorio y cultura.

A MOR EN ACCIÓN

¿Antropocentrismo o biocentrismo? – Derechos de la Madre Tierra – Cultura de Paz planetaria

En un principio está la Naturaleza, compuesta de sus cuatro elementos esenciales, agua, aire, tierra y fuego o energía, de cuya mezcla surgen todas las formas de vida que han existido, existen y existirán en este organismo vivo que llamamos Madre Tierra. Sin embargo, esta Madre primigenia no sería sino un ser estéril danzando inerte en el firmamento, sin la fuerza, calor, luminosidad que proviene de ese otro ser que la calienta, la fertiliza y la ilumina, que llamamos Padre Sol.
Este acoplamiento, que se viene realizando ininterrumpidamente desde hace millones y millones de años, dio origen, primero a los seres minerales, después a los vegetales, en tercer lugar a los animales y finalmente, mucho más tarde, a esta especie tan rara a la que pertenecemos, los seres humanos.
Es por ello que tanto nuestros antecesores, (como nosotros hoy en día, y mañana nuestros descendientes), en cualquier rincón de este territorio global en que nacieron, comenzaron a aprender a utilizar a los demás seres que nos antecedieron, para asegurar su sobrevivencia y permitir su reproducción, pero manteniendo una relación de respeto y agradecimiento por todos esos dones que tanto la Madre como el Padre nos ofrecen cada día.
Siendo los seres humanos los últimos en llegar a formar parte de la cadena de vida de la Tierra, para muchos de esos primeros pueblos que comenzaron a desarrollar rasgos culturales particulares y diferentes, todos los demás seres vivos y los elementos constituyeron su familia, sus relaciones, sus ancestros, y de ahí que surgiera esa frase que nos heredaron los hermanos de las grandes planicies del Norte, “O´Mta Kuoyasim”, que en lengua lakota puede traducirse como “todas nuestras relaciones.”
Para quienes comprendieron la evolución de nuestra humanidad de esta manera, tanto el sol y la luna, como las estrellas y los demás universos celestiales, como las montañas, los desiertos, los manantiales, ríos, y mares, las flores, las plantas de medicina, las verduras, las frutas, los cereales, los bosques y las selvas, así como los animales, desde los más desarrollados hasta los más minúsculos, los osos, las ballenas, las águilas, los jaguares, los monos, los lobos y los gatos, pero igualmente las serpientes, las tortugas, los insectos y los seres invisibles, son todos, sin excepción parte de nuestra gran familia, todos igualmente hijos e hijas del mismo Padre y de la misma Madre.
Sin embargo, a lo largo de nuestro devenir, al aprender del uso de todo lo que nos rodea, tanto de los elementos naturales, como de los demás seres vivos, incluyendo a los otros seres humanos, algo sucedió en nuestra evolución como especie, que nos fue transformando en una familia diferenciada de las otras, tanto por la mezcla de habilidades únicas que fuimos desarrollando, como por nuestra actitud hacia todo lo que nos rodea, adoptando quien sabe porqué razones, un sentimiento de superioridad y arrogancia, que nos llevó a sentirnos los amos supremos de la Naturaleza, dueños de vida y muerte de todos los seres con los que compartimos este territorio-madre en el que vivimos.
Lo que simbólicamente se expresa como nuestra expulsión del Paraíso Terrenal, aunque no hubiese tal, -porque sobrevivir como cavernícolas, cromañones o neandertales no debe haber sino para nada “un paraíso,” -fue el inicio de nuestra separación del mundo natural vinculado a los ciclos del cosmos, de las estaciones del sol y de las “reglas” de nuestra Madre. Y ello marcó el primer paso para la creación de los mundos culturales y sociales que han evolucionado hasta volverse en las grandes civilizaciones del ayer, y la de hoy en día, la primera civilización global o planetaria de la historia de nuestra especie.
El abandono de lo que podríamos llamar una relación biocéntrica con todo lo existente, basada en un conocimiento profundo, una ética de reciprocidad y un gran respeto y agradecimiento a las fuerzas de la misma vida y de los demás, en una relación antropocéntrica, fundamentada en la supremacía del ser humano sobre tanto la Naturaleza como sobre sus semejantes, es  el origen de la cultura dominante en la que vivimos, algunos dicen sobrevivimos, hoy en día.
El predominio de la razón sobre el co-razón (símbolo del órgano donde suponemos se aloja la emoción), del conocimiento racional sobre el conocimiento intuitivo, del cinismo sobre las virtudes éticas, de la ciencia pragmática y especializada sobre la espiritualidad ecuménica y el saber integral, de la competencia sobre la cooperación, del uso y abuso de la violencia sobre la búsqueda de las soluciones pacificas a los desacuerdos y conflictos, de la venganza sobre el perdón, de los dogmas, religiosos e ideológicos, sobre la experimentación y la comprensión holística e integral, de la humillación del otro sobre la compasión, del derroche sobre el cuidado, del castigo sobre el abrazo y la conciliación, y finalmente del odio sobre el amor, se han convertido en las reglas y acuerdos civilizatorios que determinan nuestra actual convivencia, la de una gran mayoría de los seres humanos que poblamos nuestra Madre Tierra.
No es extraño pues, que justamente vivamos en un mundo cada vez más irracional, más violento, más corrupto, más competitivo, más inseguro, más contaminado, más fundamentalista, más superficial, más cínico, más depredador, más desigual, más injusto, más consumista, dados los valores éticos sobre los que hemos acordado relacionarnos los unos con los otros, y con los demás miembros de nuestra familia natural de quienes principalmente dependemos.
Sin embargo, es también indudable que si por muchos siglos, las enormes distancias infranqueables, la falta de medios de comunicación, la lucha por la sobrevivencia local, nos obligaron a vivir en territorios muy aislados, el desarrollo de todas las tecnologías y las ciencias nos ofrecen hoy en día la oportunidad de inter-relacionarnos, reducir las distancias geográficas, psíquicas y mentales, y podernos reconocer como una sola especie, más allá de las divisiones raciales, étnicas, ideológicas, religiosas e incluso sociales que por generaciones nos han separado y enfrentado los unos a los otros y las otras.
O sea, que tenemos por delante la opción de continuar deslizándonos cada vez más aceleradamente por la pendiente del desarrollo irracional, absolutamente in-sustentable, conducente al incremento de las crisis en las que nos debatimos, que aparentemente no tiene otra posibilidad sino la de seguirse agravando más y más, y que pone cada vez más en peligro de la sobrevivencia, no de la Madre Tierra sino de nuestra especie, y por otro lado, la opción de intentar a nivel personal, familiar, educativo, social, cultural, político, económico, dar un giro de 180º, o como unos dicen, un salto cualitativo radical, de raíz, que nos permita avizorar otro futuro diferente.
Si durante la Segunda Guerra Mundial, ya se hablaba de la opción entre “Socialismo o Barbarie”, o “Civilización o Barbarie” y ya hemos podido comprobar que lo que entonces se llamaba “socialismo” fue otra forma de seguir llevando a la humanidad a la barbarie, hoy, ante las puertas, o ya un par de pasos dentro de lo que sin llamarse Guerra Mundial, cada día lo es más, pues la barbarie se ha convertido en el parámetro que guía a nuestras sociedades, una civilización bárbara, seguimos teniendo la posibilidad de escoger entre dos modelos de vida, que de fondo están regidos por los dos principios que rigen la existencia: AMOR Y ODIO.
Amor y cuidado por todo lo que existe, o un odio desencadenado contra la existencia misma, en todas sus manifestaciones. Amor como propuesta de dar ese giro que nos pone de nuevo en un camino de posibilidades, u odio que nos sume cada vez más en un abismo civilizatorio del que difícilmente podremos salir de nuevo de aquí en adelante.
Aunque parezca un lugar común, la palabra AMOR es y ha sido utilizada y abusada de tal manera, que incluso aludir a ella hoy en día parece producir en muchas personas una risita cínica, desdén, ironía y desprecio, a la que de inmediato, en estos tiempos, se la relaciona de inmediato con la frase: “-Si pues, claro: “Paz y Amor, como decían los hippies.”
Pues sí, es verdad, como decíamos los hippies de los años sesenta. “Paz y Amor” fue una frase que nos sirvió en la “década prodigiosa” como estandarte o como una consigna contagiosa que animó a la primera re-evolución cultural planetaria, no violenta, que jóvenes de todo el mundo abrazamos sin importar nuestras diferencias de clase, raza, género, edad, ideología o fe religiosa.
Y detrás de esas dos palabras estaba todo un movimiento social, cultural, político, espiritual que consiguió derrumbar Muros más sólidos que el de Berlín, y que nos permitieron como generación poder por primera vez cuestionar a nuestros padres, a nuestros maestros, a nuestros sacerdotes, políticos y a los adultos en general, que hasta entonces monopolizaban todos los valores que sostenían la sociedad, y que no estaban dispuestos a ceder el espacio ni a querer escuchar las voces de quienes nos levantamos globalmente, sincrónicamente, en los tiempos que no existía ni el Internet ni las Redes Sociales de hoy en día.
Amparados por esa consigna, nos enfrentamos a la Guerra de Vietnam, protestamos en las calles contra la invasión de Cuba, tomamos las Universidades, los parques y los espacios públicos, realizamos conciertos y festivales donde se abolió el racismo, el sexismo, la discriminación y la violencia, y donde se acabaron de romper los tabús que nos encadenaron por generaciones a reglas morales obsoletas, prejuicios irracionales y a una doble moral de hipocresía que prevalecía desde nuestros hogares hasta los centros de estudio, las iglesias, los centros laborales, los partidos políticos y los gobiernos.
El AMOR y la PAZ como consigna, permitieron que las mujeres pudieran exigir un lugar equitativo en la sociedad, desde el noviazgo, en la pareja, en la familia, en el trabajo, en el hacer político, y a enfrentar a quienes utilizaron los miedos al pecado, y los castigos por tener relaciones sexuales libres por placer, por deseo, por amor,  indistintamente, sin importar el género, el color de la piel ni la edad. Ya que el amor precisamente no se detiene ante ninguna de estas falsas fronteras.
El Amor y la Paz nos dieron la fuerza para romper los rígidos moldes que nos imponía el monopolio dogmático de una sola religión institucionalizada y corrupta, para abrirnos a conocer otros caminos espirituales, otras prácticas para contactar con lo desconocido, con lo superior, con el ser interno y con el ser planetario y cósmico,  sin ser por ello llevados a las hogueras a las que fuimos condenados, millones de personas, tan solo por dudar de las verdades esgrimidas como espadas sobre nuestras cabezas en otros tiempos.
Y gracias a ello, hoy en día, podemos realizar ceremonias ecuménicas en muchos lugares públicos, con personas representando las costumbres, ritos, cantos, o celebraciones de sus propias o emergentes culturas, sin temer que los agentes de ninguna Inquisición lleguen a interrumpirlas y a llevarse a los que las conducen, a las mazmorras, para hacerles confesar de ser aliados de Satanás, ni seguidores de una secta demoniaca.
Como producto de esa rebeldía de los sesentas, es que hoy tenemos la posibilidad de dejar atrás o salirnos de la carrera de ratas que conlleva a una enajenación demente, a la que millones de seres se ven todavía sujetos, viviendo como piezas reemplazables de una maquinaria, condicionados a pensar, querer, desear, temer, necesitar de manera que los productos salidos de esa maquinaria sean todos consumidos, y después desechados, a un ritmo cada vez mayor y mayor.
Y que podemos también, guiados por el AMOR a la Naturaleza y por la búsqueda de espacios de libertad donde se puede vivir en una PAZ relativa, miles de nosotros dejar las ciudades para retirarnos a los bosques, montañas, playas e incluso desiertos, para intentar reconstruir la pequeña célula de una sociedad más armónica, más humana, más pequeña y sustentable, y para intentar recuperar el sentido de COMUN UNIDAD que las urbes acabaron destruyendo casi por completo. O de contribuir al reverdecimiento de los pueblos, los barrios, las colonias, con el fin de que un día podamos hablar de ecobarrios y ciudades sustentables.
Inspirados por las palabras de las canciones y la música de otros jóvenes como nosotros, hablando de Paz y Amor, miles de nosotros quemamos nuestras cartillas militares y desertamos del ejército para no enlistarnos a pelear guerras sucias contra otros jóvenes como nosotros. Y por ello tuvimos que dejar nuestros países, hogares, escuelas, perseguidos como criminales, y vivir marginados en el exilio, lo que nos permitió unificarnos y crear un nuevo tipo de organizaciones, sociales, civiles, para seguir con esa lucha sin violencia para detener las guerras, los ecocidios, la matanza de focas y ballenas, la destrucción de los bosques, el exterminio de especies animales, el paro de concesiones mineras que solo dejan tras de sí arsénico, desiertos, muerte, enfermedades genéticas y aún más pobreza.
Tomando como modelo las vidas de otros que nos antecedieron en esta larga caminata, de un Gandhi, un Mandela, un Martin Luther King, una Madre Teresa de Calcuta, un Dalai Lama, pero también de los Beatles y del inolvidable John Lennon y tantos otros que también hicieron de las palabras Paz y Amor la guía de sus existencias, adoptamos sus propuestas de cómo cambiar el estado de cosas sin recurrir a la violencia, y armados con esas herramientas, fuimos poco a poco moldeando y trabajándonos nuestra indignación, justa, para convertirla en acciones propositivas para la transformación. Acciones que se convirtieran en un ejemplo para que miles de “otros de nosotros” siguiéramos luchando contra la injusticia social, la desigualdad brutal económica, la falta de opciones y de libertades para millones de seres humanos, para tomar el lado de la Madre Tierra y unirnos en campañas concretas para protegerla, regenerarla, restablecer equilibrios y poder soñar con un futuro posible para nuestros hijos y nuestras nietas. Para comprender que realmente no existe la Independencia, sino tan solo la Inter-dependencia con todas nuestras infinitas relaciones.
Sí, gracias a esa re-evolución de la consciencia que iniciamos los hippies en los sesentas, es que hoy podemos vestirnos como queramos, tener opciones para comprar y consumir alimentos sanos, acudir a centros de parto natural y nacer en un ambiente amoroso, besarnos en las calles y los parques sin temor a ser detenidos, acosados e incluso inculpados por “faltas a la moral”, y sin importar si besamos a otro hombre, o si una pareja de mujeres sentadas en una banca, se acarician y comparten su amor ante la vista de todos.
Gracias a esas transformaciones que logramos iniciar en los 60´s, hoy existen centenares de escuelas con pedagogías libertarias, creativas, alternativas, y gracias a esos cambios también, hoy podemos expresarnos con mayor libertad en los medios de comunicación, en los libros, las revistas, la radio, los canales públicos y privados de la TV, en las conferencias, en los salones de clase, en los Foros públicos, en las Redes Sociales, sin temor a ser de inmediato despedidos, desaparecidos e incluso asesinados por nuestras ideas.
Gracias a esas consignas, existen hoy algunos ejemplos de países gobernados tan solo en las Américas, por mujeres, por indios, por negros, por luchadores sociales y sindicales, e incluso por ex guerriler@s que abandonaron ese camino, y que llegaron a esa posición, no por la vía de las armas, sino por el voto de millones de ciudadanos, que por siglos no habían tenido siquiera acceso al derecho de voto en sus países.
Gracias a esas acciones, hoy los movimientos ecologistas no son considerados como catastrofistas, alarmistas o apocalípticos, ni sus pensadores y activistas como dementes, fanáticos u utopistas, y no solo sus propuestas, advertencias, estudios son escuchadas y tomadas en cuenta, sino que se realizan desde 1972, Cumbres Mundiales del Medio Ambiente que no solo reúnen a millares de personas que apasionada y sinceramente están trabajando y actuando para detener y revertir los procesos de degradación global, sino que están forzando a sus gobiernos a crear comisiones, secretarias, ministerios, legislaciones que protejan lo que queda, y que poco a poco comienzan a reconocer, constitucionalmente, los DERECHOS DE LA MADRE TIERRA.
Y siguiendo esta lista, podría mencionar muchas otras libertades más, que ahora damos por sentadas, como si siempre hubiesen existido, pero que han sido el fruto de la lucha silenciosa, y a veces no tanto, de todos y todas aquellas que no hemos aceptado sobrevivir sintiéndonos oprimidos, discriminados, marginados, ni abusados en ninguna de nuestras garantías y derechos naturales y constitucionales.
Observando la Naturaleza podemos cada día sentir mejor y más claramente que nos está indicando y dando señales que no podemos seguirla violentando y explotando como lo hemos hecho por varios siglos. Observando los movimientos y ciclos del tiempo y la temperatura, podemos observar que los cambios atmosféricos podrían amenazar la continuidad de la vida, tal y como la conocemos, de la mayor parte de la humanidad que vive en y de la Tierra.
Observando los movimientos de indignación social generalizada que han surgido en distintos puntos de todos los continentes de nuestra Casa Común, podemos tomar consciencia de que el abuso generalizado es tan solo de un 1% de los seres humanos, que lo está llevando a cabo contra el resto de sus semejantes. Y que hasta ahora, nuestras consignas han sido de no al uso de la violencia, la ocupación pacífica de los espacios públicos, la organización civil fuera de los partidos políticos tradicionales, la cooperación solidaria entre indignados activos y el resto de la sociedad, la búsqueda de formas de toma de decisión que vayan más allá del voto, para buscar los acuerdos consensuales, y la formación de grupos de acción directa, en nuestros barrios, centros de trabajo, pueblos y ciudades.
Todos ellos son síntomas de que no toda la humanidad está dispuesta a seguir por el camino de la apatía, del miedo, del conformismo, del consumismo irracional, de la violencia social, del dejar que otros tomen decisiones para el futuro de nuestras vidas, ni que comprometan el destino de nuestros hijos. Son síntomas de que las fuerzas del EROS, del amor, de la vida, siguen pugnando por equilibrar y debilitar sin uso de la violencia, a todas esas fuerzas desencadenadas del TANATOS, del odio y de la muerte  que parecieran haberse apoderado del inconsciente o consciente colectivo de nuestra especie.
Ha pasado ya en tiempo del fortalecimiento de las identidades nacionales, los himnos de guerra, el festejo de acontecimientos bélicos, el endiosamiento de figuras de la historia que exaltaron la conquista, la violencia, el coloniaje y la venganza, y de comenzarnos a pensar como una sola raza humana, habitantes de un mismo planeta, vivo, sin fronteras divisorias ni la necesidad de ejércitos para defenderlas. De comprender cabalmente que solamente una verdadera Cultura de Paz Planetaria podría ser la opción que nos permitirá mantener nuestra esperanza de sobrevivencia como especie, y convertir esa esperanza individual en acción social, colectiva, para hacer lo que se tenga que hacer, para cambiar el curso de la historia. Que no siga siendo “su-historia,” la historia de los vencedores, y para permitir que podamos construir y contar ahora “nuestra historia.”
Por ello, si surge un MOVIMIENTO NACIONAL en México hoy en día, que se atreva a utilizar la palabra AMOR en su plataforma política, sin importarle a sus dirigentes los malos chistes, las risitas, el desdén de sus contendientes políticos, las burlas en los medios de comunicación, e incluso la indiferencia por sus propuestas, aunque sean buenas, pues ese movimiento que intenta reintegrar el AMOR y la PAZ en su discurso, si consigue poner en práctica acciones que sean coherentes con esas palabras, ese movimiento merece ser escuchado y respaldado, merece tener la posibilidad de probar si sus ideales son reales, o tan solo una hábil propaganda más, para ganar los votos de los ciudadanos.
Lo que de cualquier manera que me parece interesante, es que la consigna AMOR EN ACCION, incluye felizmente, y seguramente no por coincidencia, una palabra que se ha convertido en el nombre de ese movimiento:
A MOR EN ACCIÓN
* Escritor y activista social
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