Antecedentes culturales de la propuesta de la república amorosa.

Antecedentes culturales de la propuesta de la república amorosa.

Palabras  de Julio Glockner,  durante el foro “Fundamentos  para una República Amorosa”, Puebla, Puebla.

Somos un síntoma
De este mundo.
– Allan Watts

En septiembre  de 1971,  cuando  comenzaba  a declinar  la efervescencia rebelde del 68, un grupo de pacifistas navegó en un viejo  buque  hacia  una  isla  volcánica  llamada  Amchitka, perteneciente  al archipiélago  de las Aleutianas,  en el sudoeste de Alaska. Esta pequeña isla, habitada durante 2 mil quinientos años por  los  esquimales  y  despoblada  desde  el  siglo  XIX,  había  sido elegida  por  el  Departamento  de  Defensa  de  los  Estados  Unidos como campo de pruebas nucleares. Después de dos grandes explosiones en los años sesenta, el gobierno norteamericano pensaba llevar a cabo, como lo hizo, una tercera prueba en noviembre de 1971. Aquella explosión fue 400 veces más potente que la bomba lanzada sobre Hiroshima. El suelo se elevó seis metros, el terreno se modificó de tal modo que apareció un nuevo lago de 1,600 metros de ancho y se produjo un sismo de 7 grados en la escala de Richter.

Los activistas que se opusieron a esta tercera explosión no lograron evitarla, en cambio, lograron el nacimiento de una vigorosa y cada vez  más  influyente  organización  ecologista  de  carácter internacional. Según cuenta  la anécdota fundacional de Greenpeace, los  jóvenes   pacifistas,   y  otros  no  tan  jóvenes,   se  reunían   en Vancouver  para  decidir  si  iban  a  luchar  sólo  contra  el  ensayo nuclear, o si se opondrían a cualquier amenaza al medio ambiente. Al   terminar   una   de   las   reuniones   previas   a   la   protesta   se despidieron y uno de ellos dijo, como se usaba en aquella época: “Paz”, y otro le respondió, “Paz verde”, de ahí surgió el nombre de la organización.

No era extraño que estos amigos se saludaran diciendo “Paz” o “Paz y Amor”, era lo usual en una época en que los jóvenes del mundo entero, y en particular en los países de Occidente, habían salido a las calles y a ocupar los parques y jardines de las grandes ciudades para protestar y al mismo tiempo celebrar una fiesta. Protestar contra una forma  de  vida  que  sólo  concebía  la  existencia  en  términos  de eficiencia productiva y consumo hasta el hartazgo, sin importar el daño físico y espiritual que sufrieran la naturaleza y las personas. Contra una forma de vida cada vez más deshumanizada, sustentada en un desarrollo tecnológico y armamentista que había provocado la confrontación  entre las dos grandes potencias nucleares:  la unión soviética,  gobernada  por una burocracia  autoritaria  empeñada  en ampliar su radio de influencia, y la Unión Americana, con un capitalismo agresivo en permanente expansión. Este conflicto, conocido como la guerra fría, ponía en riesgo, por primera vez en la historia, la existencia de la humanidad como especie. A esta lógica de muerte y extinción se opusieron los pacifistas de la época.

Esta organización es quizá el fruto más importante de las movilizaciones de oposición juvenil de aquellos años y ha servido como modelo a infinidad de movimientos ambientalistas y organizaciones no gubernamentales que aglutinan a millones de activistas en el mundo. Excluyendo, desde luego, a los farsantes que bajo las siglas del Partido Verde se han prostituido en México en nombre de la ecología.

Desde hace siglos en las sociedades occidente se educa a la gente haciéndole creer que la humanidad es la expresión más compleja y acabada de la evolución, que somos los seres más inteligentes y en consecuencia tenemos derecho a someter a la naturaleza y al resto de las especies a nuestras necesidades, lujos y caprichos, sea cual sea el costo que se tenga que pagar. Esta actitud viene de muy lejos y está sustentada en el mito judeocristiano de la creación, que nos dice que hay un Dios Todopoderoso que creó el universo en seis días, luego nos hizo a nosotros a su imagen y semejanza, nos expulsó del Edén por desobedientes y se retiró del mundo regalándonos el libre albedrío. Esta concepción, que coloca al hombre como ser supremo de la creación y le hace suponer que puede hacer lo que le venga en gana, está llevando al planeta al borde del colapso ecológico.

Decía Nietzsche con toda razón que “El hombre no es en absoluto el coronamiento de la creación y cada ser se encuentra junto a él en el mismo grado de perfección”. Este es, justamente, el punto de vista que sostuvo la rebelión juvenil durante la década de los sesenta y los setenta   y   que   viene   también   de   muy   lejos:   de   las   culturas amerindias, de Alaska a la Patagonia, y del pensamiento oriental, específicamente del taoísmo y el budismo mahayana.

Si hubiera que poner un nombre a los impulsores del interés por otras  culturas,  otros  valores  y  otra  manera  de  pensar  y  vivir  el mundo yo recordaría a Jack Kerouak y su novela En el camino, que lanzó a miles de jóvenes a viajar de aventones en busca de experiencias que rompieran con la grisura de sus vidas, recordaría a George Harrison quien con el concierto para Bangladesh,  no sólo organizó el primer concierto en beneficio de un pueblo devastado por la pobreza generada por el propio imperialismo europeo, sino que su amistad con Ravi Shankar abrió, a través de la música, el interés masivo por la cultura oriental y sus tradiciones espirituales. Mencionaría también el afortunado encuentro de Gordon Wasson con María Sabina, la sabia de los hongos mazatecos. Este encuentro propició, con la obra de Aldous Huxley sobre la mezcalina y la de Albert Hofmann sobre la LSD, la apertura de las puertas de la percepción a un mundo que Occidente había perdido muchos siglos atrás.

Dos ideas milenarias de la filosofía oriental se asoman en los movimientos de protesta de aquellos años: la primera tiene que ver con nuestra presencia en el universo. A diferencia del pensamiento occidental,  que  plantea  nuestra  existencia  como  una  llegada  al mundo, como seres que son arrojados a él después de la expulsión del paraíso, el pensamiento oriental nos dice que brotamos de él, del mismo modo que los frutos surgen del árbol. Somos producto del cosmos, al igual que todos los seres, y no los invitados predilectos del Creador. Somos, como decía Allan Watts, un síntoma de este mundo.

La segunda idea tiene que ver con nuestro sentido de pertenencia al mundo.  Habitamos esta tierra como seres racionales que somos, con características específicas que nos distinguen de otras especies a las que vemos y tratamos como inferiores desde nuestra imaginaria superioridad. En nombre de esa racionalidad hemos devastado el planeta destruyendo y envenenando casi todo lo existente, y aun así tenemos la desfachatez de mirar con una ridícula arrogancia a las especies  que  llevan  decenas  de  millones  de  años  habitando  este lugar y que huyen de nosotros despavoridas.

No somos seres separados del mundo que nos circunda, somos una expresión más de este mundo. Cada uno de nosotros es un proceso vital en intercambio permanente de sustancias y energías con el ambiente. Todos nuestros sentidos y cada uno de los órganos y células que nos constituyen son canales de reciprocidad con la naturaleza. La ciencia moderna no ha hecho sino corroborar esta antiquísima verdad contenida  en un texto como  el Tao  Te King.  Por esta sola razón debíamos haber entendido ya que lo que le hacemos al mundo nos lo hacemos a nosotros mismos, que la destrucción persistente de la naturaleza es nuestra forma de suicidio como especie.

Una de las invenciones más perniciosas de la cultura occidental ha sido la idea del progreso, un progreso indefinido y sin límites, ambicioso   y   depredador.   Esta   idea   ha   hecho   del   mundo   un adversario   a   vencer   para   ser   sometido   a   los   requerimientos insaciables de la sociedad moderna. La lucha contra la naturaleza (y no una relación armónica y equilibrada con ella, que nos permita alojarnos en su cuerpo de la manera menos violenta posible, respetando sus ritmos y sus ciclos) ha sido la manera equívoca en que Occidente ha expandido su cultura hasta nuestros días.

El costo que se está pagando por esta manera de concebir nuestra relación con el mundo es altísimo y hoy lo empezamos a padecer todos con el calentamiento global, la contaminación de todas las aguas, las tierras, los aires y la degradación de los alimentos que consumimos.

México es un país con una muy escasa sensibilidad ambientalista. Un país donde prácticamente todos los ríos y una buena parte de sus costas se encuentran contaminadas, donde la deforestación es alarmante  y  se  encarcela  a  los  campesinos  y  comuneros  que  se oponen a la tala ilegal; un país lleno de basura, en el campo y la ciudad, sin rellenos sanitarios adecuados; un país con un desorden en el uso del suelo, propiciado por la corrupción de los gobernantes y la ambición irresponsable de las inmobiliarias que han devastado las zonas agrícolas y las áreas verdes contiguas a las ciudades; un país con un caótico crecimiento urbano que no procura de manera suficiente  la  multiplicación  de  sus  parques  y jardines,  que  no  se interesa por proteger las zonas arboladas existentes o empeñarse en la   creación   de   otras   nuevas;   un   país   que   ha   descuidado absolutamente la armonía que alguna vez hubo entre la ciudad y el campo. ¿Alguien se acuerda de los días de campo que eran tan comunes en las familias mexicanas? Es una costumbre que desapareció por la simple razón de que ya no se puede tender un mantel a la orilla de un arroyo limpio; un país con un número alarmante de especies extintas o en vías de extinción, con su agricultura abandonada desde hace décadas por gobiernos ineficientes  e insensibles  y con su principal alimento, el maíz, de larga  tradición  histórica  y  cultural,  amenazado  permanentemente por la entrada del transgénico. En fin, un panorama verdaderamente desastroso,  plagado de anuncios comerciales, ruidoso y sucio, sin el decoro  y la armonía  que tuvo  no hace mucho  tiempo.  Las cosas están tan mal que ahora se usa llamar “Pueblos Mágicos” a los muy escasos  y  distantes  lugares  que  vale  la  pena  visitar,  como  si  se tratara de apariciones milagrosas en medio de la fealdad y el desorden.

Todos estos problemas, que son apenas un esbozo de la preocupante situación en que vivimos, nos dan una idea de la inmensa tarea que tenemos  por  delante.  Esta  tarea  pide  no  sólo  un  compromiso político, de dientes para afuera, sino un compromiso, me atrevería a decir, sentimental, existencial. Por eso me parece afortunada la propuesta de una república amorosa, porque pretende apelar a ese sentimiento que es indispensable despertar en cada uno dadas las condiciones que actualmente padecemos en México.

Lo novedoso de la propuesta amorosa es que pide no ser sólo una acción política hacia afuera, sino una acción política que comienza y termina en el examen de uno mismo, conduciéndonos a un análisis de nosotros mismos y nuestras relaciones con los demás y con el mundo. El buen logro o el fracaso de esta propuesta depende de cada uno de nosotros y de nadie más.

Para terminar, permítanme recordar aquí las palabras de un artista talentoso, sabio e irreverente, un hombre en el que confluyen los rasgos más destacados de los movimientos contestatarios a los que me he referido, Alejandro Jodorowsky, quien dijo lo siguiente:

Cuando el mundo no es lo que tú quieres que sea,
Es porque quieres que el mundo no sea
Como tú quieres que sea.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: